Pero, lo cierto, es que a medida que el Shuttle iba dejando a la gente en los hoteles o en los apartamentos que habían alquilado, me puse a pensar en si no se me había ido la pinza al alquilar con una perfecta desconocida (a ver repitan conmigo perfect stranger) y encima en un piso que desde que ví las fotos SABÍA que era un apartamento viejo, en vez de un hotelito como Dios manda. Al final, entre pensamiento, rascacielo por aquí, pensamiento, limousina inmensa por allá, pensamiento y Broadway... llegamos.
Nos bajamos y el conductor (él tendrá un post aparte) nos cobró los 33 dólares + propina y desapareció. Nos miramos, cogimos las maletas y nos encaminamos a la escalerita de la entrada y que creo que allí se le conoce como "sótano inglés".

Bajamos pues y llamamos al timbre.
Bueno, por poco voy al Duane Read más cercano para comprar un aceite, a ver si aquel timbre funcionaba. Estaba más duro que Sylvester Stallone en "Cobra". Hube de detener a dos chavales que hacían "footing" y que tenían el físico de Arnold... ni por esas... el timbre estaba atascado y era imposible presionarlo para que sonara. Los chicos tras comprobar que ambos tenían el pulgar y la muñeca lesionados de tanto apretar, llamaron a un par de policías que patrullaban cerca y estos con las porras lo intentaron.
Nada (nothing de nothing para los que no controlen)
Entonces, mi mujer, que antes de salir había comido cocido, probó suerte y tras observar primero como su dedito pasaba del más delicado rosa al más inquietante morado... al final se vió recompensada con un timbrazo. Claro, que aquello no podía llamarse exactamente un "timbrazo". Para mí fue como coger a un gato macho sin castrar y aplicarle durante unos 10 segundos, la llama de un soplete en salva sean las partes, pero es que yo tengo mucha imaginación.
Y parece que los chicos cachas y corredores también, pues retrocedieron asustados mientras hacían la señal de la cruz. Los policías, más acostumbrados a bregar con lo chungo de la ciudad, simplemente pidieron refuerzos y en breve oímos sobre los edificios el rotar de las aspas de un helicóptero artillado.
Aquello tenía la pinta de convertirse en un auténtico caos urbano, cuando entre la propietaria, que en ese momento asomó por la puerta y nosotros, calmamos al personal y en quince minutos liquidamos la jugada. Dimos las gracias, dijimos adiós a corredores cachas y agentes de la Ley y el Orden y subimos por una escalera estrechita hasta el primer piso donde estaba el apartamento.
El edificio se veía viejo, pero tampoco era para pegarse un tiro... ya habría pandilleros que se ocuparían de eso llegado el caso, recuerdo que pensé.
¿Que sentí?, os preguntaréis.
Chicos, la verdad es que me sentía fatal porque desde hacía un par de horas me hacía pis, pero como uno es un señor, aguanté estoico y me paré junto a mi esposa y frente a nuestra sonriente arrendadora que nos enseñó el piso en un periquete, pues no había mucho que ver. Entonces, casi sin transición de un hecho al otro, nos pidió que habláramos de "bussiness" y abonáramos el importe del alquiler. Nos sentamos, sacamos la pasta... y ella quiso contarlo en castellano por aquello de ser guay y casi me sale a pagarle otros 500 dólares, repetimos en inglés, me devolvió entonces 200, pareció conforme, nos dió unas llaves, se despidió amablemente y se fue para la calle.
Supusimos que al bingo. Es lo que yo haría si me entran 1000 pavos de golpe y porrazo.
En cuanto a hablar del inmueble... las fotos hablan por sí solas, y no es que hiciéramos muchas pues como no estábamos casi nunca allí, y cuando estábamos, nos daba palo sacar fotos con ella en casa, pero en cualquier caso alguna imagen hay y además, os lo describo. Puerta de calle, una vez dentro un pasillito de unos dos metros de largo. A nuestra derecha y casi detrás de la puerta de la calle un armario con puerta, pequeño, después de está puerta una cocina pequeñitaaaaaa y con una cantidad de cacharros que daba miedo moverse para no romper nada. Justo frente a la cocinita, un baño, que de tamaño no estaba mal. Eso sí, había diminutas cucarachitas por las mañanas cuando queríamos ducharnos. Me encantaba soltarles un chorro guapo y barrerlas en dirección al sumidero.
Y esto de las cucarachitas es cierto... lo del chorro también.
Pero sigo que soy Géminis y me lío. Bueno, se acababa el pasillito y entonces entrabas en un buen cacho de salón donde os puedo asegurar que había un 30% del stock de los últimos 3 años de todos los rastrillos de Manhattan. Había una mini montaña de sombreros a cada cual más raro, un biombo, cuadros y marcos de cuadros. Un sofá mítico, una tele que creo que venía con el piso cuando este se contruyó hace casi 100 años. Ah, y un impresionante espejo que también se apreciará en las imágenes. El espejo se encontraba justo en medio de su habitación y la nuestra e iba del suelo al techo o como quiera que se llamase aquello que evitaba que los ocupantes del piso de arriba se precipitasen sobre nosotros. Ah... ambas habitaciones con puerta de corredera y con tendencia al atasco. ¿El suelo? de madera y cubierto con una alfombra que por su tamaño, hubiese sido el equivalente a un Hummer para Aladino. Buena madera crujiente, que al pisar a las 3 de la mañana en los sitios a los que la alfombra no llegaba, podías oír una versión más
elaborada del maullido del gato al que se le aplicaba el soplete y cuya historia no voy a repetir ahora.
Una vez dentro de la habitación, vimos que el mobiliario no desentonaba para nada... con la habitación de los niños de Nicole Kidman en "Los Otros". Y fue entonces cuando conocí el miedo, pues entre maletas, un perchero, la cama, una mesita con su respectiva silla y espejo para que las damas se arreglasen tranquilas y sin prisas... ¡no tenía posibilidad alguna de salir de allí! ¡Estaría los 10 días viendo New York por la ventana de nuestro cuarto!
Claro, que el terror fue a mayúsculas cuando me percaté de que la ventana era reacia a moverse, pero eso y el resto de lo vivido en aquel, ¿nuestro? piso en el Upper West Side será en la segunda entrega de este post, que tengo dos niñas y no puedo dejarlas a dormir en el cole.
Al menos las veces que lo he intentado el director me ha dado un toque así que me piro, pero como soy un tío cool, si quieres ver parte del salón y el pasillito de entrada... pues pincha AQUÍ.
Bueno, por poco voy al Duane Read más cercano para comprar un aceite, a ver si aquel timbre funcionaba. Estaba más duro que Sylvester Stallone en "Cobra". Hube de detener a dos chavales que hacían "footing" y que tenían el físico de Arnold... ni por esas... el timbre estaba atascado y era imposible presionarlo para que sonara. Los chicos tras comprobar que ambos tenían el pulgar y la muñeca lesionados de tanto apretar, llamaron a un par de policías que patrullaban cerca y estos con las porras lo intentaron.
Nada (nothing de nothing para los que no controlen)
Entonces, mi mujer, que antes de salir había comido cocido, probó suerte y tras observar primero como su dedito pasaba del más delicado rosa al más inquietante morado... al final se vió recompensada con un timbrazo. Claro, que aquello no podía llamarse exactamente un "timbrazo". Para mí fue como coger a un gato macho sin castrar y aplicarle durante unos 10 segundos, la llama de un soplete en salva sean las partes, pero es que yo tengo mucha imaginación.
Y parece que los chicos cachas y corredores también, pues retrocedieron asustados mientras hacían la señal de la cruz. Los policías, más acostumbrados a bregar con lo chungo de la ciudad, simplemente pidieron refuerzos y en breve oímos sobre los edificios el rotar de las aspas de un helicóptero artillado.
Aquello tenía la pinta de convertirse en un auténtico caos urbano, cuando entre la propietaria, que en ese momento asomó por la puerta y nosotros, calmamos al personal y en quince minutos liquidamos la jugada. Dimos las gracias, dijimos adiós a corredores cachas y agentes de la Ley y el Orden y subimos por una escalera estrechita hasta el primer piso donde estaba el apartamento.
El edificio se veía viejo, pero tampoco era para pegarse un tiro... ya habría pandilleros que se ocuparían de eso llegado el caso, recuerdo que pensé.
¿Que sentí?, os preguntaréis.
Chicos, la verdad es que me sentía fatal porque desde hacía un par de horas me hacía pis, pero como uno es un señor, aguanté estoico y me paré junto a mi esposa y frente a nuestra sonriente arrendadora que nos enseñó el piso en un periquete, pues no había mucho que ver. Entonces, casi sin transición de un hecho al otro, nos pidió que habláramos de "bussiness" y abonáramos el importe del alquiler. Nos sentamos, sacamos la pasta... y ella quiso contarlo en castellano por aquello de ser guay y casi me sale a pagarle otros 500 dólares, repetimos en inglés, me devolvió entonces 200, pareció conforme, nos dió unas llaves, se despidió amablemente y se fue para la calle.
Supusimos que al bingo. Es lo que yo haría si me entran 1000 pavos de golpe y porrazo.
En cuanto a hablar del inmueble... las fotos hablan por sí solas, y no es que hiciéramos muchas pues como no estábamos casi nunca allí, y cuando estábamos, nos daba palo sacar fotos con ella en casa, pero en cualquier caso alguna imagen hay y además, os lo describo. Puerta de calle, una vez dentro un pasillito de unos dos metros de largo. A nuestra derecha y casi detrás de la puerta de la calle un armario con puerta, pequeño, después de está puerta una cocina pequeñitaaaaaa y con una cantidad de cacharros que daba miedo moverse para no romper nada. Justo frente a la cocinita, un baño, que de tamaño no estaba mal. Eso sí, había diminutas cucarachitas por las mañanas cuando queríamos ducharnos. Me encantaba soltarles un chorro guapo y barrerlas en dirección al sumidero.
Y esto de las cucarachitas es cierto... lo del chorro también.
Pero sigo que soy Géminis y me lío. Bueno, se acababa el pasillito y entonces entrabas en un buen cacho de salón donde os puedo asegurar que había un 30% del stock de los últimos 3 años de todos los rastrillos de Manhattan. Había una mini montaña de sombreros a cada cual más raro, un biombo, cuadros y marcos de cuadros. Un sofá mítico, una tele que creo que venía con el piso cuando este se contruyó hace casi 100 años. Ah, y un impresionante espejo que también se apreciará en las imágenes. El espejo se encontraba justo en medio de su habitación y la nuestra e iba del suelo al techo o como quiera que se llamase aquello que evitaba que los ocupantes del piso de arriba se precipitasen sobre nosotros. Ah... ambas habitaciones con puerta de corredera y con tendencia al atasco. ¿El suelo? de madera y cubierto con una alfombra que por su tamaño, hubiese sido el equivalente a un Hummer para Aladino. Buena madera crujiente, que al pisar a las 3 de la mañana en los sitios a los que la alfombra no llegaba, podías oír una versión más
elaborada del maullido del gato al que se le aplicaba el soplete y cuya historia no voy a repetir ahora.
Una vez dentro de la habitación, vimos que el mobiliario no desentonaba para nada... con la habitación de los niños de Nicole Kidman en "Los Otros". Y fue entonces cuando conocí el miedo, pues entre maletas, un perchero, la cama, una mesita con su respectiva silla y espejo para que las damas se arreglasen tranquilas y sin prisas... ¡no tenía posibilidad alguna de salir de allí! ¡Estaría los 10 días viendo New York por la ventana de nuestro cuarto!
Claro, que el terror fue a mayúsculas cuando me percaté de que la ventana era reacia a moverse, pero eso y el resto de lo vivido en aquel, ¿nuestro? piso en el Upper West Side será en la segunda entrega de este post, que tengo dos niñas y no puedo dejarlas a dormir en el cole.
Al menos las veces que lo he intentado el director me ha dado un toque así que me piro, pero como soy un tío cool, si quieres ver parte del salón y el pasillito de entrada... pues pincha AQUÍ.
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