lunes, 6 de octubre de 2008

El Apartamento (II)

Bueno, aquí estoy, again (please, prestad atención a las palabras en inglés pues ayudan a vuestra formación bilingüe... ¿ok?), pues eso que estoy aquí de nuevo. En esta segunda entrega de "El Apartamento", quiero que palpéis el auténtico sentimiento que nos embargó al estar en un piso neoyorquino. En un piso neoyorquino como aquel... quiero decir.

Para empezar retomaré la historia donde la dejé. ¿Os parece bien?

Perfecto, pues la ventana no se abría. Ni para arriba. Ni para abajo. Y nunca hacia los lados. Sopesé el romperla con un martillo, pero mi esposa me dijo que no habíamos traído uno. Me maldije por no haber metido uno en la maleta, pero ya era tarde y yo no tenía ganas de darle un cabezazo, que tengo el cuello fatal. Así las cosas, decidimos replantearnos la distribución de las maletas y tras un ratito de trabajo intenso, lo logramos. Maletas a un lado. Perchero metálico al otro. Nada, que nos apañamos.

Pero cuando digo que "nos apañamos", por favor, no lo asumáis como que lo digo sólo por aquel día y aquel momento. No. Yo hablo de los 10 días que estuvimos en New York. Nos apañamos, pero bien. Para que entendáis mejor os sigo hablando de la casa, en especial de la cocina. Creo haberos dicho que era pequeña. Muy pequeña y estaba ubicada justo frente al baño. La cocina quedaba al lado derecho y el baño al izquierdo, pero sólo si venías de la calle. Ahora bien, si salías pues la cosa cambiaba. El baño te quedaba a la izquierda y la cocina a la derecha. Un efecto curiosísimo que aún no he podido descubrir cómo lo hacían. Supongo que será alguna tecnología norteamericana para dar un ambiente más cool a las casas.

¿Y dónde estaba? ¡Ah, sí! La cocina. La kitchen, para que vayáis practicando. Pues la kitchen estaba very chunga. Lo primero, es lo pequeña que era. Muy pequeña. Dos personas dentro, fatal. Una podría abrir la nevera, mientras la otra nada más que podría fregar. Otra función, imposible a menos que una saliera. Preferentemente la que estaba al lado de la puerta. La lámpara del techo se encendía mediante una cadena que colgaba por un lado de esta y que era difícil hallar en la oscuridad y medio dormido. Es como si la cadenita te viese venir y empezara a esconderse cual serpiente vacililla. Los cubiertos eran del año de la tarara, pero sinceramente, eso es lo de menos. Lo que también era del mismo año, eran las esponjas para fregarlos. Y con las esponjas pasaba algo curiosísimo. Había dos. Ambas muy chuchurrías y sucias, tanto que me daba cosa fregar "mis" cubiertos (casi todos los días usamos los mismo que lavábamos y ya está) con aquello. Esas eran permanentes. Sin embargo, un día apareció otra esponja más joven, y de un vivo color morado. Parecía maja y le enseguida nos encariñamos con ella. Pero era inestable. Esta esponja en concreto, aparecía y desaparecía. Y es verídico.
Nunca supimos si tenía vida propia, estaba poseída por algún ente del fregadero o la propietaria la sacaba los días festivos. Esto último no podemos concretarlo debido a nuestro desconocimiento del calendario lúdico neoyorquino. El caso es que parece ser que no les gustaban las despedidas, pues ya la noche anterior a irnos no la vimos.

Y escribirnos… como que no.

Sin embargo, y dejando a un lado el apelotonamiento de vasos, potes de vidrio, potes de especias, una botella de vino de California tamaño Pau Gasol y el cubo de la basura... se podía cocinar algo. He de añadir que aquí también había alguna que otra cucarachita por el fregadero a según qué horas.

Y llega el turno del baño. Un lugar que a priori tenía vida aparte, pero en este caso creo que es la primera vez que un baño está intrínsecamente relacionado con la cocina. Pero no precipitemos acontecimientos.

El baño, de tamaño no estaba mal. Una bañera guapa, un lavamanos y su taza de baño. Lo único es que los dos primeros días, sábado y domingo (el viernes caímos como paquetes en la cama tras una caminata por el barrio) no tuvimos agua caliente. La primera noticia que tuve del hecho fue un clarísimo "¡me cago en la puta!" que soltó Loli, mi señora esposa, cuando el primer chorro de agua fría cayó sobre su confiada espalda. Pensé que mis oídos me habían jugado una mala pasada, pero al oír acto seguido, "¡la ostia puta!", me reafirmé en la idea de que algo estaba sucediendo en aquel cubículo.

Tras vestirme lo mejor que pude, me personé en el servicio, en el que había entrado casi a oscuras la noche anterior sin fijarme mucho y lo que vi me traumatizó.

Primero: Mi media naranja estaba en plena bañera cantando, con su rostro enajenado, todo tipo de canciones folclóricas españolas para darse fuerza. Su normalmente dulce vocecita, salía algo distorsionada por entre dos filas de castañeteantes dientes, que amenazaban con rebanarle la lengua al primer error (mistake en inglés).

Segundo: La puerta no cerraba del todo y si entrabas al cuarto de baño, veías que la puerta por dentro, tenía un post it (concretamente rosado) que ponía "NO". Un tanto ambiguo el "NO", pero tras darle un par de patadas a la puerta y lanzarme contra ella varias veces... asumí que era porque no cerraba bien. O sea, que 10 días con la puerta del baño a 15 centímetros de su estado normal. Si Jack Nicholson hubiese filmado El Resplandor en aquella casa no habría tenido que romper la puerta con el hacha.

El brazo le pasaba fácil.

Tercero: En el lado derecho de la pared había una foto grande, en blanco y negro, de un tío que posaba para la cámara... en una bañera y desnudo. El miembro viril reposaba graciosamente junto a su pierna izquierda. Me inquietó profundamente que la foto hubiese sido tomada en aquella bañera, pero no era así. Era la típica foto artística de un desconocido en bola picá en una bañera. ¿Quién no ha tenido una?

Cuarto (y último): La taza del baño tenía el agua casi a la altura de tus humanidades. No es como aquí. Cada vez que me sentaba, parecía como si un alegre riachuelo esperara expectante bajo tus posaderas.

Y ciertamente, respecto al baño no he de decir más, excepto quizá, reiterar su relación con la cocina. Esta, si tienen buena memoria, recordarán que estaba frente por frente al cuarto de baño, separándole de este unos escasos 50 centímetros. ¿Y por qué está aclaración sobre la ubicación e interacción entre sí de dos partes de la casa?

Pues porque si cocinabas, era recomendable ponerse de acuerdo para que otra persona no fuese al baño con... pongamos... un dolor de tripilla.

Sobre todo porque la puerta del baño, tenía puesto un post it rosado que decía "NO".

Una locura que se vió aclarada por la propietaria, cuando Loli la puso en pié al día siguiente con sus cánticos, al ducharse a las 7 de la mañana y hallar de nuevo el agua fría. Resultó que había que esperar al lunes porque había una avería y los fines de semana no curraban. Un poco de mala fe sí hubo al ocultar tan fundamental dato. Lo peor fue cuando insinuó la posibilidad de calentar agua en la minicocina para llevarla al baño.

Y como creo que los textos son para leerlos y no para ser interrumpido por imágenes, pues os adjunto las fotos de rigor que todo post que se respete debe tener.

No hay comentarios: